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Existen dos tipos de personas: los que piensan y los que actúan

octubre 22, 2008 9:28 am Deja un comentario Go to comments

Los primeros aprecian la actividad intelectual, el pensar por el pensar, les gusta sumergirse en las profundidades de la mente, en el análisis y la búsqueda de respuestas, se regocijan en los vaivenes de la imaginación y de lo posible. En general podría decirse que son metódicos, ponderados, precavidos antes que nada. Algunos dirían que son simplemente cobardes o en el mejor de los casos, perezosos. Los segundos, interesados en la acción, no pierden mucho tiempo en la reflexión, en la deliberación. Sabemos que tomar una decisión no es tarea fácil pero para el hombre de acción el actuar no es más que la consecuencia lógica de un proceso intelectual: se piensa, se decide y luego, como es natural, se pone en práctica la decisión tomada. El pensar aquí es un pensar productivo, orientado a la acción, a lo concreto. Se quiere y se desea un resultado, procurar una forma, delimitar, hacer la idea cuerpo, plasmarla en la realidad. El actuar como concreción del pensar, como expresión palpable del pensamiento.

El actuar es un pensar comprometido. El que piensa en cambio no se arriesga, no toma partido, que es a final de cuentas como estar muerto. Es fácil quedarse en el pensamiento. En la mente todo está abierto, es el mundo de las posibilidades, de lo que “podría” ser. La persona de acción en cambio sabe que tiene que hacer sacrificios y los asume, sabe que “ésta” decisión deja afuera todas las demás, que “ésta” alternativa deja de lado – para siempre – todas las otras posibilidades. Si el hombre de acción es audaz, emprendedor, el “pensador” no se atreve, duda, es inseguro y tiende a la inercia.

Si el pensar es pasado o futuro el actuar es presente puro. El hombre de acción está ocupado en el presente. El que piensa en cambio está amarrado al pasado – lo que pude haber hecho y no hice, lo que pude haber sido y no fui – , o en el futuro – ¿y si sucede esto o lo otro?, ¿y si las cosas no salen como espero? De cualquier manera tiene un pie aquí y uno allá.

Si el pensar es mente, el actuar es cuerpo, si el pensar es psique el actuar es soma. Winnicott decía que el pensar exacerbado no es más que el intento de la mente de llenar un vacío, de alimentar una falta, de sustituir, en otras palabras, al cuerpo que no es otra cosa que la afectividad y las emociones.

Nos encontramos a salvo en el plano de lo mental, de la idea. Una actividad mental exacerbada, el intelectualizar todo lo que nos sucede, el analizar, indagar, examinar constante tiene el propósito oculto de evitarnos todo contacto con nosotros mismos y con los otros, con nuestros afectos, con el dolor sobre todo. De hecho, el pensar sustituye al vivir. “Pensamos” en la vida en lugar de vivirla, pensamos la realidad en lugar de encararla. En la dimensión del pensamiento estamos a salvo: no nos equivocamos, no cometemos errores, nadie nos critica, no ponemos a prueba quienes somos ni de que somos capaces, no perdemos, pero tampoco ganamos. El pensar es el lugar de la idealización, del deseo, de lo que podría llegar a ser, a tener, a alcanzar cuando yo quiera. ¡¿Pero cuándo?! En el plano del pensar todo es posible y todavía no hemos echado ni una raya!

En la sociedad moderna que vivimos se privilegia la persona de acción, ésta tiene el mayor de los méritos. Tiene muy mala fama en cambio el pensar volcado sobre sí mismo, la introspección, el mirar hacia adentro, el “filosofar”, moverse en la dimensión de lo abstracto. Se considera que la persona que habita el espacio de lo mental es improductiva, poco práctica, interesada en preguntas sin respuestas, desterrada, en otras palabras, de la realidad.

El pensar en sí no tiene nada de malo. ¿No es acaso lo que nos define como seres humanos? Las grandes obras fueron primero pensadas, concebidas, “cocinadas” en el pensamiento aunque de nada hubieran servido si alguien no se hubiese ocupado de llevarlas a la práctica. La literatura, la filosofía, la reflexión, ese cuestionar constante, el armar teorías en nuestra cabeza, el preguntarnos por el sentido de la vida constituye la marca de nuestra humanidad y nos enriquece: es bueno para nosotros. Prefiero la conciencia a la inconsciencia, aunque lo que descubra sea doloroso. Prefiero hurgar, inventar preguntas, imaginar respuestas. Y luego comenzar de nuevo. Construir y tantear sentidos a ver si calzan. Plantear teorías, diseñar hipótesis. Pero todo esto: las teorías, las hipótesis, las respuestas y los sentidos sólo pueden ensayarse en el mundo, en tres dimensiones, con cosas concretas, con personas de carne y hueso. El actuar por actuar por otra parte, un actuar desconectado, maníaco, ¿para demostrar qué? ¿Qué todo lo podemos? ¿Qué somos invencibles? Tampoco tiene mucho sentido.

Ni el pensar puede estar separado del actuar ni el actuar del pensar, como la mente y el cuerpo no están separados uno del otro. La acción expresa el pensamiento, el pensamiento tiene en su origen un mundo de cosas. Es un camino de ida y vuelta. A diferencia de Descartes: Todo pensar se da en el mundo y es al mundo al que apunta.

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